Post-mortem
Sara, qué plácida yaces en el lecho de crisantemos esparcidos sobre tu tempestuoso mar de coral, diluido, vertido entre nuestras purpúreas sábanas de seda.
Tu ensortijado pelo carmesí, que antes se enredaba en mi cuerpo de madrugada, ahora pesa sobre el tuyo, rígido y sin fuerza. Tus ojos, cerrados y encogidos, ya no fulminan mi alma. Tu sonrisa luce descolgada en un gesto inhumano, terrorífico, que hiela mi sangre. Tu piel amoratada no refleja la candidez de tus pocos años de amargura. Tus manos, más frías que nunca, faltas de expresión, desafían la quietud de la luna en el cielo oscurecido.
Toda tú has desaparecido de repente. Ni siquiera tus recuerdos han permanecido para hacer más angustiosa mi existencia, para mortificarme cuando más insignificante y perdida me encuentre. Así, pues, se acabaron tus días de sordo y triste llanto, y comenzó mi camino de rosas; rosas negras de espinas afiladas que se me clavarán lentamente, una a una, hasta que mi conciencia despierte.
Después de arrebatarte los latidos y de perder la cordura, sólo me queda el silencio sepulcral de los rincones, que preconiza la muerte del corazón. Y tú estarás ahí para presenciarlo, riendo cual maléfico espejismo, animándome a caer en la desesperación de una bulliciosa soledad, del tormento agotador de la oscuridad y del dolor permanente de la vida.
KHC
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Truncadestinos dijo
"...y del dolor permanente de la vida".
Me encanta esa frase.
4 Enero 2007 | 10:50 PM